Criar y crear

Hace dos años descubrí que estaba embarazada. Aunque no llegó como una sorpresa absoluta, de pronto me convertí -potencialmente- en dos. Los primeros latidos en el vientre me dividieron, convergían dos vidas en un mismo cuerpo. Yo misma fui prescindible e imprescindible a la vez y lo que para entonces había sido indiscutible para mi -el cuerpo, mi presencia, lo tangible- dejó de serlo.

Y en esta situación de confusión corporal, miedo (muchísimo miedo), amor (muchísimo amor) y alegría, estaban mis manos. Las manos me ayudarían a agarrarme a ese hilo que siempre me había conducido emocionalmente: el arte. Escribir, dibujar, construir algo o sostener un libro. Por otro lado estaban mis senos, irreconocibles, anunciando que dejarían de ser míos (¿lo fueron alguna vez? Nunca nos hemos llevado bien) una temporada.

En el absoluto y destructor cansancio y constantes náuseas, otra parte de mi me agarraba, me decía que esa criatura necesitará comprender muchas cosas a través de mí. Antes de quedarme embarazada, nunca me asustó eso: me encanta enseñar. He enseñado en clases a niñes, tanto en infantil y primaria como en secundaria. Me gusta acompañarles, meterme en su mundo para añadir más ideas y más preguntas (que no les faltan). Pero miraba mi vientre, cada vez más hinchado, y me entraron mil preguntas que yo no he sabido responderme a mi misma aún por mucho que he leído al respecto. ¿Cómo esquivar el ángel del hogar de Woolf, escribir, leer y protestar, a la vez que criar con amor y presencia? Mi “antenita” en las librerías y bibliotecas que siempre estaba apuntando a los feminismos, el género y la crítica institucional del arte ahora apuntaba hacia la crianza, les hijes y la educación.

Cuando di a luz, tras un parto de dos dolorosos días, de mí quedaban asustadizos escombros, senos doloridos y un amor que era tan grande que no cabía (literalmente sentía que no cabía) en mi pecho. Entre mis escombros encontré un hueco para leer, pero todo lo que leí me enterraba más en el papel de maternar que no encontraba adecuado. Entre tanto, mi bebé, mi hija, agarraba con toda su fuerza mi piel, pinzaba mis pezones y comía hasta hartarse.

Con toda esa emoción, toda esa fuerza, miedo y amor quería crear pero sólo me vi capaz de criar (que no es poco, tampoco). Dibujaba mucho, la dibujaba a ella. La dibujaba comiendo de mí, la dibujaba durmiendo, la dibujaba en brazos de su padre... pero sin salir de su fuerte gravedad, un magnetismo arrollador en la criatura más pequeña y vulnerable.

El día en que mi hija se lanzó de pronto, cogió una de mis ceras con sus manitas y la estampó en un papel, mi corazón dio un vuelco de emoción. Tengo ese papel pegado de la forma más rudimentaria en mi pared, no quería perder ni un segundo en tenerlo frente a mí. Me recuerda el mismo instante en el que la personita que más quiero descubrió que puede reflejar algo sobre un papel, para mi fue como sus primeras palabras en un nuevo idioma. Es uno de mis lenguajes favoritos. Me he obligado a mi misma a no empujarla.

He hecho materiales para que ella explore y descubra la experimentación artística como parte de un proyecto de mis estudios, pero usarlos o no y cuándo... eso es decisión suya. Mentiría si no digo que me llena de alegría verla elegir alguna de esas actividades, pero no quiero entrometerme en su exploración.

En cuanto mi hija con poco más de un año parece estar descubriendo su propia forma de expresión, aún agarrada metafórica y realmente a mi pierna, he descubierto que aún estaba ahí la creadora, y no solo la criadora. Podía expresarme y redescubrirme, con una crianza compartida y amable. Puedo -y quiero- acompañar a mi niña en su vida y experimentos vitales y a la vez volver a construir la mía, en una suerte de lazos que se anudan, se desenrollan, se revuelven en caminos opuestos y luego se entrelazan de nuevo más fuerte.

La afectividad de la crianza como la llama vital que enciende todas las emociones y conmueve.