La caza
La estatua partida por la mitad yacía en el suelo, sobre un líquido entre negro y burdeos. Salvia de vino ritual.
En lo alto de la atalaya, la mitad inferior quedaba ligeramente inclinada, partida, inacabada.
El grupo de jóvenes Cuervos (así se llamaban les monjes Negros aún aprendiendo) rodearon en la estatua de roca, que representaba una figura humana en calma, alzando los brazos, esperando algo. Ahora sus brazos partidos no podían sostener nada.
Sus caras eran una colección de expresiones: espanto, sorpresa, curiosidad e incluso, algunas, excitación. La expectación causaba un efecto particular en cada une de elles.
Todes sabían lo que ocurría cuando la salvia de vino se derramaba, aunque no esperaban que fuera tan dramático. Un Cuervo que venía corriendo desde la torre de herramientas se quitó la capa negra y lanzó un golpe preciso sobre la estatua con un mazo. Repitió y repitió hasta partir la cabeza de la estatua.
Les estudiantes se acercaron más, y la salvia de vino brotó del interior. Otra de elles colocó una vasija debajo, procurando que no le cayese nada en la piel.
— Esta tarde se celebrará el ritual. — declaró en voz alta y firme el Cuervo del mazo. El resto asintieron y se miraron mutuamente.
Había que encontrar a la Golondrina que había escapado. Pero todes le temían. Ya de muy niña había encogido corazones con sus gritos furiosos en la noche.
Las telas bordadas cuidadosamente tejidas estaban ya listas, tendidas sobre una mesa en la estancia que daba al patio más grande.
Un Cuervo usó un cazo de madera para esparcir salvia sobre las pequeñas telas, aunque temblaba un poco.
Les demás esperaban pacientemente sentades en el suelo, tenses. El Cuervo más joven estaba de pie, junto a la salida, custodiando dos jarras casi tan altas cómo ella.
Todes, salvo el Cuervo de las jarras, cogieron las telas y, a la vez las colocaron sobre sus ojos. Algunes gimieron, otres solo se estremecieron, incluso les había que se retorcieron en el suelo. Al cabo de unos minutos el Cuervo de las jarras comenzó a lanzar agua sobre las caras de sus compañeres, y poco a poco los gemidos remitieron. Todes tenían la cara irritada, pero sólo uno tenía ahora los ojos rojos como la salvia, y sangraba un poco.
Solo él sería capaz de avistar a la Golondrina. Y no había tiempo que perder, saldría esa misma noche.
Todo estaba listo. Le habían quitado su capa, y solo llevaba el traje gris, un cuchillo y agua de flores que debía servirle tanto para beber como para aliviar el dolor.
Todo ocurrió deprisa, cerraron la fortaleza tras de él, escuchó el roce de las capas sobre la hierba, estaba solo. Miró hacia el bosque, estaba oscuro, pero veía. Y avistaba una luz espesa que cargaba el ambiente a su alrededor; la Golondrina.
Le habían enseñado desde pequeño a desear su caza.
Le habían enseñado a querer correr detrás de esa luz, a abrazar el dolor de sus ojos ardiendo con la promesa de que al capturar a la Golondrina, el dolor remitiría.
Miró una vez más la luz. Pensó en los gritos desde la Atalaya, que había escuchado varias noches.
Su corazón latía con fuerza. Cogió el cuchillo. Apretó el cuchillo. Se secó la sangre de los ojos. Tiró el cuchillo.
Y, apartando la vista de esa luz, buscó su nuevo camino.